Tratado sobre la insurrección de la pintura o El tercer lado del espejo

Artista: José Horacio Martínez

Curaduría: Oscar Roldán-Alzate

Tratarán de matar nuestra magara, pintándonos el alma con sus miedos, sus rencores y pecados. Y cuando nos veamos en un espejo con la piel negra, no nos quedarán dudas de que somos los hijos de Satán, pues, según predican, el Dios blanco hace a sus criaturas a su imagen y semejanza.

Manuel Zapata Olivella. Changó: 114

¿Qué es el cosmos si no un instrumento hecho con fragmentos de cristal de colores, que mediante una combinación de espejos componen una variedad de formas simétricas al rotar?

Vladimir Nabokov, Barra Siniestra

En oposición al ensayo, un tratado pretende, a través de una exploración exhaustiva, esclarecer el panorama sobre un tema específico con uso elocuente de la didáctica. Esta forma discursiva, muy afín a las disquisiciones filosóficas de la Ilustración y sus precedentes, aborda estratégicamente el pensamiento crítico para erigir una teoría sobre ese algo que necesariamente involucra el interés de un grupo humano basto. Naturalmente, se comienza por anular las creencias y pareceres usuales sobre el objeto de estudio; dejar por fuera el “sentido común” es imperativo.

Por su parte, una insurrección es un movimiento de restitución de libertad, autonomía y voz que se levanta frente a la opresión de un sistema que lo contiene. La pintura, ante todo, es la forma primigenia de búsqueda de conocimiento del hombre. Su nacimiento comparte el origen de la escritura, por tanto, decir cosas hoy con pintura es tan complejo como natural para nuestra especie. Una sublevación de la pintura no es más que una necia oración que recoge la historia del conocimiento y vuelve sobre lo esencial de nuestra condición mortal: entendernos como parte de un todo. La pintura es, fue y será el medio con el cual la humanidad recrea sus mitos, conjura los miedos y proyecta su devenir.

Es importante aclarar que este Tratado comenzó varias décadas atrás. El tratadista es claramente un pintor: José Horacio Martínez. Su quehacer indica que para serlo debe ser, ante todo, un rebelde, un quijote, un chamán. Martínez piensa con pintura, usa la materialidad del medio, acude a su plasticidad y contundencia para sentar claridad de su potencia y hondura.

Más allá de ser una exposición, esta es una experiencia inmersiva que habla con pintura, desde la pintura, sobre la pintura. Mapas, cartas de navegación, planchas signadas con imaginarios policromos extrañamente conocidos, decretan un viaje inminente, uno que avizora sorpresas en territorios inhóspitos. Puertas dimensionales, agujeros de gusano, espejos mágicos, son otras maneras de tratar de nombrar lo que José Horacio Martínez simplemente llama pintura, su pintura.

Cargadas de un singular poder que logra involucrarnos en su espacialidad, tan prematuramente que cuesta dejar de observarlas, de habitarlas una vez nos enfrentamos a ellas, estas pinturas tienen la particularidad de crearse en el tiempo de quien contempla. Un solo vistazo basta para entrar y perderse en ellas. No ocurre de la misma manera para intentar salir.

Continentes, islas, océanos, montes, desiertos, selvas, colinas, ríos, lagos, cascadas, cañones, mesetas, nevados, cordilleras, playas, litorales e istmos aparecen y se desvanecen tan rápidamente que no resulta claro que estén ahí. Un parpadeo deja fuera de foco el relato que venía transcurriendo. Cuesta mantener la atención para seguir la ruta.

Entre esas formas se dibujan vías, caminos, senderos y travesías que sirven de guía a la mirada que se torna esquiva. Es inútil buscar un alto en el camino: una vez se ha ingresado, estos mapas comienzan a habitarnos, toman posesión de nuestros sentidos y nos llevan a pensar distinto con una lógica que trata de descifrar el gran misterio que allí se esconde. Al cabo de un rato se termina por entender que es otro tiempo, otro espacio y reconforta saberlo.

Estas pinturas traen cosas nuevas, quizá porque son concebidas con suma conciencia sobre la tradición pictórica más excelsa, combinadas con una lógica divergente y propositiva. Su gran virtud es que no ambicionan nada distinto al juego dinámico de la forma y la comunicación cromática, se regocijan en el anhelo de la no-permanencia en un mundo, en la búsqueda de muchos otros que implican claramente la muerte como tránsito. Ninguno de los soportes cesa de construirse, y ni las paredes ni las telas parecen tener una última capa de fijador que pare su movimiento continuo, ese es el secreto.

Dispersas en la sala emergen las referencias, las citas de los autores que pueblan la biblioteca del pintor, y se van dejando atrapar por la mirada, recreando incesantemente la relación entre logos y mythos. Apariciones continuas que no dejan de relacionarse azarosamente con la geografía que habitan y con los otros accidentes o figuras que las acosan  desde abajo, atrás o arriba. De igual manera, las superficies son una banda continua y recrean un sistema fractal que no deja claridad sobre las coordenadas usadas en su diseño. En suma, se trata de una travesía sobre una cinta de moebius que atrapa con la fuerza del color, la trama del dibujo posible y la sensatez de una pintura necesaria.

Mancha pura y azarosa, intervención gráfica eficaz, estampados de sellos y yuxtaposición cromática entre tintas y colores, desafían la pintura desde sus postulados canónicos hasta llegar a formas, preceptos y conceptos unidos a través del mismo frente: la sublime manifestación atemporal -e implícita en la noción de viajar- de la muerte como sendero y meta de cualquier viaje.

Cada tela en la sala, y la sala misma es un mundo; la sumatoria, un universo. Con solo un poco de pericia e imaginación se puede entrar en uno y salir de otro y así, saltar entre ellos con la certeza de que algo de adentro se vino con nosotros. Difícilmente se puede ser el mismo después de traspasar y transitar este cosmos.

Si logra traspasar el espejo, lo cual no es imposible, será usted parte activa del Tratado, y puede ser un tratadista más si así lo desea. Tendrá la licencia nuevamente para hacer lo que todos logramos en un momento de la vida: pintar.

Oscar Roldán-Alzate. Curador. Director Extensión Cultural Universidad de Antioquia

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